La infusión intravenosa de medicación a través de vías periféricas es una de las prácticas más comunes en los hospitales. Aunque sus ventajas son numerosas, como cualquier terapia invasiva no está exenta de complicaciones, por lo que es importante conocerlas y saber cómo prevenirlas.

La más común (y aun así, afecta a un porcentaje mínimo de los pacientes tratados) es la flebitis aguda postpunción. Se trata de la inflamación del área de la vena más próxima al punto de inserción del catéter, y puede estar causado por una incorrecta asepsia (flebitis bacteriana), la inserción poco cuidadosa del catéter (flebitis mecánica) o la propia naturaleza de los fármacos infundidos (flebitis química), que en ocasiones pueden tener efectos vesicantes, afectando al epitelio interno de la vena y provocando su inflamación. En casos graves puede llegar a causar un coágulo de sangre que obstruya parcial o totalmente la circulación sanguínea, pudiendo dar lugar a una trombosis.

La aparición de la flebitis es un efecto adverso que tiene consecuencias negativas tanto para el paciente como para el sistema sanitario, ya que puede causar una prolongación no deseada del tiempo de ingreso hospitalario.  Por ello, seguir cuidadosamente los protocolos de asepsia antes de realizar la inserción del catéter, conocer bien la historia clínica del paciente, ya que existen tanto factores genéticos como patologías concomitantes que pueden predisponer a la flebitis, verificar bien la permeabilidad de la vía y monitorizar periódicamente su estado son precauciones fundamentales que deben tomarse para prevenir la flebitis.

Además de una asepsia rigurosa, es conveniente utilizar un apósito transparente que permita verificar visualmente el estado de la vena canalizada, así como proceder a una nueva desinfección y cambio de dicho apósito con frecuencia. El lavado de la vía con suero fisiológico es también una práctica recomendable.

Es importante valorar los riesgos de flebitis a la hora de la elección de la vena en la que se va a insertar el catéter. Venas que se presenten duras a la palpación o que no estemos seguros de poder canalizar deben ser descartadas.

Mientras que en los servicios de Urgencias se suele preferir la canalización de venas en la flexura del codo, cuando un paciente va a pasar tiempo ingresado en el hospital es importante valorar su comodidad y movilidad, por lo que las venas del dorso de la mano son preferibles en estos casos.

En cualquier caso, los cambios en el aspecto de la vena canalizada, la presencia de hinchazón, enrojecimiento, o la aparición de dolor, son signos de alerta que deben conducirnos al cambio de la vía periférica para evitar consecuencias más graves.