Los primeros pasos en la infusión intravenosa se remontan al siglo XVII y se deben a la curiosidad y el afán de experimentación. Curiosamente, no fueron médicos de la época (muy aficionados a las sangrías como solución de casi todos los males), sino varios de los fundadores de la Royal Society londinense los que comenzaron a experimentar con esta técnica en animales. Concretamente fue el célebre arquitecto Christopher Wren quien en 1656 inyectó vino y cerveza en las venas de un perro para observar los resultados utilizando una vejiga de cerdo como recipiente y una pluma de ganso como aguja, experimentos continuados por sus compañeros de la Royal Society Robert Boyle y Robert Hooke.

Fueron, sin embargo, médicos alemanes como Johann Daniel Major, que describió el método en humanos en su Chirurgia infusoria en 1664, y su contemporáneo Johann Sigismund Elsholtz quienes demostraron su eficacia en humanos, lo que hizo que la técnica tuviera gran difusión entre los médicos de la época.

Sin embargo, el desconocimiento de la causa de muchas enfermedades infecciosas y la ausencia de la noción actual de asepsia hacía que la técnica fuera rudimentaria y creara problemas de infecciones que causaban una elevada mortalidad entre los pacientes. No fue hasta mediados del siglo XIX cuando el médico Alexander Wood fue pionero en utilizar una aguja hipodérmica para la administración de drogas intravenosas, siendo el médico francés Charles Gabriel Pravaz (1791-1855), quien diseñó una jeringa, precursora de las actuales, popularizando así esta técnica.

Ya en los años 30 y 40 del siglo XX comenzó a utilizarse la vía intravenosa en la inducción anestésica con la introducción del tiopental.

Durante la Segunda Guerra Mundial la infusión intravenosa experimentó un importante desarrollo, siendo habitual la infusión de una mezcla de glucosa y aminóacidos en los heridos de guerra, técnica que presentaba dificultades debido al pequeño calibre de las venas periféricas. Esto llevó a que in 1945 fuera canalizada la primera vía central y en 1952 se describió la técnica de venopunción en vasos de gran calibre, lo que permitía la infusión de fármacos vesicantes evitando daños en las células endotelialies situadas en la capa íntima de la vena.

La tecnología llega a la infusión intravenosa

La infusión intravenosa, hasta la llegada de las primeras bombas electromécanicas de infusión a finales de los años 60, se realizaba por gravedad. Eran los clásicos “goteros” en los que el control del flujo de infusión es altamente impreciso y que, no obstante, aún se siguen utilizando en los casos en los que no es factible o no se considera necesario usar una bomba de infusión, algo habitual a día de hoy.

En la actualidad a prácticamente todos los pacientes ingresados en un hospital se les coloca un catéter en una vena periférica (generalmente en el brazo o el dorso de la mano) como parte de la rutina de ingreso. Esto permite mantener un nivel de hidratación adecuado mediante la infusión continua de suero, además de disponer de una vía rápida y segura para la administración intravenosa de medicación cuando sea necesario.

Las bombas de infusión, de las que arcomed fue uno de los primeros fabricantes en 1974, supusieron una revolución en el control de las dosis de medicación y la precisión en su administración, que a partir de ese momento ganaron en fiabilidad y eficacia. En aquellos incipientes dispositivos, el flujo de infusión no se ajustaba en mililitros por hora sino en gotas por minuto. A través de una sencilla ecuación era posible calcular el volumen de fármaco infundido durante un determinado período de tiempo así como el flujo de infusión, con un margen de precisión más que aceptable en comparación con la infusión por gravedad.

Hoy las bombas de infusión han evolucionado hasta convertirse en dispositivos de alta tecnología, totalmente programables y, en el caso de las bombas Chroma de arcomed, capaces de adaptarse a las necesidades de cualquier área del hospital. Estas bombas disponen de extensas bibliotecas de fármacos programadas de acuerdo con los protocolos de cada servicio, incorporan modelos farmacocinéticos de infusión en modo TCI (Target Controlled Infusion) y son capaces de comunicarse entre sí de forma inalámbrica, así como de proporcionar conectividad con el sistema PDMS del hospital para ser monitorizadas a distancia, permiten al paciente solicitar bolos de analgésicos (PCA) e incorporan los últimos avances en materia de visibilidad, facilidad de manejo y sistemas de prevención de errores de medicación.

Este es ya el presente. ¿Se imagina hasta dónde llegaremos en el futuro?