El tratamiento del dolor como síntoma de múltiples enfermedades ha ido cobrando una relevancia creciente en las últimas décadas. Las Unidades del Dolor han dejado de ser una rareza para estar presentes en la mayoría de los grandes hospitales (y no tan grandes). Del mismo modo, los Cuidados Paliativos en pacientes con enfermedades muy avanzadas o irreversibles también se han generalizado.

Además, la analgesia epidural ya es una práctica habitual en las salas de partos, dejando atrás los tiempos en los que dar a luz suponía un gran sufrimiento para las madres.

¿Por qué esta preocupación creciente por la mitigación o eliminación del dolor? Hasta no hace tanto tiempo, se consideraba que el dolor era un “mal necesario” que el paciente tenía que soportar en su estancia hospitalaria, dado que los analgésicos disponibles se reservaban para casos especialmente graves, entre otras cosas por sus efectos secundarios y por su facilidad para crear dependencia, en el caso de la morfina y sus derivados.

La aparición de nuevos fármacos analgésicos que eliminan buena parte de los efectos indeseados ha sido un factor clave, pero igual de importante ha sido el esfuerzo realizado en los hospitales para humanizar la atención sanitaria, buscando no sólo el tratamiento y la curación de enfermedades, sino también hacerlo de la forma más confortable posible para el propio paciente. Se ha pasado del “sufrimiento inevitable” a “el paciente no tiene por qué sufrir si podemos evitarlo”.

Tecnología al servicio del tratamiento y control del dolor

El dolor es probablemente la más extendida de las manifestaciones clínicas de casi cualquier patología. Son muy pocas las enfermedades o procedimientos quirúrgicos que cursan sin algún tipo de dolor. A pesar de ello, la ciencia médica no dispone de ninguna prueba diagnóstica que permita evaluar de forma objetiva el grado de dolor que un paciente siente. En este sentido, el dolor es una percepción subjetiva; el paciente puede referir al médico dónde le duele, cómo es ese dolor y en qué grado lo sufre, pero el médico no puede “medirlo” por sí mismo.

La tipología, extensión, duración e intensidad del dolor son criterios a tener en cuenta a la hora de clasificar el dolor y diagnosticarlo. En muchos casos, la mera presencia de un dolor específico puede desencadenar las sospechas sobre una patología determinada, existiendo dolores “típicos” de enfermedades concretas. Sin embargo, una vez se ha realizado un diagnóstico, calmar el dolor entra dentro de las prioridades en el tratamiento.

El dolor genera estrés y ansiedad en la persona que lo padece. Esto no sólo tiene consecuencias en su grado de confort o en su bienestar psicológico: está demostrado que el estrés generado por el dolor tiene consecuencias físicas sobre el organismo del paciente, ralentizando o incluso dificultando su recuperación.

Dado que el dolor es subjetivo y que el umbral de dolor de cada paciente es distinto, ¿cómo se puede establecer la dosis correcta de analgésico? En muchos casos se recurre a métodos empíricos: se administra medicación hasta que al paciente no le duele, dentro de los límites de dosificación de cada fármaco, o se recurre a dosis genéricas, que pueden ser mayores o menores de las necesarias para ese paciente específico.

El avance tecnológico en las bombas de infusión ha permitido desarrollar técnicas en las que es el propio paciente el que puede demandar dosis de medicación analgésica a la bomba, dentro de los límites establecidos por el médico para cada fármaco. Esta técnica, conocida como Patient-Controlled Analgesia (PCA) es altamente beneficiosa tanto para el propio paciente como para los profesionales encargados de su cuidado. En primer lugar porque el paciente sabe cuánto le duele y puede, mejor que nadie, decidir si es el momento de una nueva dosis de analgésico o no. Además, se le otorga un rol activo en el control de su patología, lo cual beneficia a su estado psicológico, pues deja de ser un mero sujeto pasivo.

Permitir que el paciente controle la dosificación de analgésico redunda generalmente en mejoras en la función respiratoria, reduce los efectos secundarios de los analgésicos administrados (especialmente en el caso de los opiodes) y disminuye la carga de trabajo del personal de enfermería.

Del mismo modo, la analgesia epidural controlada por el paciente (PCEA) tiene efectos similares sobre las pacientes durante el proceso del parto.

Las bombas de la serie Chroma de arcomed están preparadas para funcionar en modo PCA o PCEA mediante el uso de un pulsador. Para pacientes inmovilizados o que no pueden utilizar las extremidades superiores,  lanzaremos al mercado un dispositivo (ArcoAir PCA Switch) que permitirá al paciente demandar la dosis de analgésico mediante la introducción de aire en una boquilla colocada en un soporte articulado a la altura de su boca.

En todos los casos están disponibles bibliotecas de fármacos en las que se puede establecer los límites máximos y mínimos de dosificación, velocidad de bolo y/o continua, tiempo de bloqueo o tiempo de infusión continua y otras muchas posibilidades de configuración.

En arcomed, como líderes mundiales en tecnología de infusión, estamos comprometidos con la seguridad y el bienestar de los pacientes hospitalizados.